sábado, 17 de junio de 2017

La guerra tiene rostro de mujer.


El año pasado escribí un libro sobre Güemes. Es una novela histórica para chicos en la que un abuelo al borde de los cien años le cuenta a su nieta, en 1906, como fueron sus días junto al General Güemes.
Rescaté la figura de Güemes que me parece injustamente olvidada. Un hombre que defendió el norte del país de siete invasiones españolas hasta que murió en una emboscada en 1821. Los mejores militares españoles, los que habían luchado contra Napoleón,  no pudieron con Güemes. El propio José de San Martín halagaba al salteño y la historia demostró que sin la defensa del norte de Argentina el Libertador no podría haber finalizado su hazaña.
Entre la bibliografía que consulté para escribir el libro encontré datos que me parecieron fascinantes sobre las mujeres que ayudaron a la defensa del Norte.
Algunas mujeres son muy conocidas, como Macacha Güemes o Juana Azurduy. Pero las historias que a mi me gustan son las de las mujeres casi desconocidas y que fueron fundamentales en la libertad del país.
Muchas de ellas, la mayoría, han sido olvidadas. Y ese olvido es llamativo ya que dos de los padres de nuestra Patria, San Martín y Belgrano, no ahorraron esfuerzos en reconocerla y hasta premiarlas con rangos militares.


El rol de estas mujeres en la Guerra de Independencia fue crucial. Además de organizar tertulias o reuniones conspirativas en sus casas, habían logrado tejer una red de espionajes validas de los más ingeniosos trucos.
Fundamentalmente llevaban y traían mensajes. A veces oralmente, a veces escritos. Escondían los papeles en los ruedos de las polleras, en los canastos de la ropa cuando iban a lavarla al río y hasta en troncos de determinados árboles para que la persona designada pudiera encontrarlo. Algunas mujeres se valían de sus encantos para dejarse cortejar por señores pertenecientes al bando realista y así enterarse de asuntos relevantes. Otras lograban inmiscuirse en los cuarteles para enterarse con cuántos soldados contaba el enemigo. 



Es importante señalar que estas mujeres corrían verdadero peligro porque los españoles eran despiadados con los castigos y el hecho de pertenecer al sexo femenino no era excusa para ser menos despiadados.
El mismísimo general realista Joaquín de la Pezuela le informó al virrey en Perú:

"Los gauchos nos hacen casi con impunidad una guerra lenta pero fatigosa y perjudicial. A todo esto se agrega otra no menos perjudicial que es la de ser avisados por horas de nuestros movimientos y proyectos por medio de los habitantes de estas estancias y principalmente de las mujeres, cada una de ellas es una espía vigilante y puntual para transmitir las ocurrencias más diminutas de este Ejército.”

Pero las mujeres también participaban de una forma que hoy probablemente sería denostada pero que fue fundamental para los ejércitos patriotas En los campamentos, colaboraban, con escasos o nulos recursos, cocinando para las tropas, preparando las vituallas para las expediciones, reparando armas, atendiendo a los heridos de las batallas y hasta enterrando a los muertos.
Aquí una reseña de cuatro de esas valientes mujeres.

Juana Robles
Juana Robles fue una esclava que, por su condición, no tenía inconvenientes de salir de la ciudad de Salta, aún cuando estaba sitiada. Aprovechaba esto para traer y llevar información.  En una ocasión fue apresada portando documentación y condenada a muerte. El ingenio de Juana pudo más y alegó estar embarazada, lo que la salvó de la muerte. 
El castigo fue pasearla por la ciudad, montada en un burro, semi desnuda y emplumada. Las humillaciones públicas eran un castigo frecuente entre los españoles.


Juana Moro


Juana Gabriela Moro de Díaz López fue una jujeña hija de un funcionario de la Corona española.
Su casa funcionaba como punto de reunión de revolucionarios y de fugados del ejército español que se pasaban a las filas patriotas. Fue una de las organizadoras de la red de espionaje después de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.
Pero nuestra Juana Moro pasó a la fama por el castigo que recibió cuando fue apresada. Ella solía montar su caballo y recorrer la ciudad y los alrededores en busca de información. La primera vez que la apresaron fue obligada a cargar pesadas cadenas como castigo. Pero la segunda vez fue la definitiva y la condenaron a muerte.
Anteriormente les conté que ser mujer no era un atenuante en los castigos que imponían los realistas. En el caso de Juana fue un agravante. Pezuela la condenó a morir pero no en un pelotón de fusilamiento. Juana fue encerrada en una habitación de su casa, con puertas y ventanas tapiadas para que muriera de inanición.
Los vecinos, aún los simpatizantes de la corona, horrorizados ante la situación abrieron un boquete y liberaron a Juana. Desde ese día se la conoció como “La Emparedada”. 
Pero si creen que esto amedrentó a Juana, están equivocados. Juana continuó con su red de espionaje y se cuenta que andaba disfrazada de coya por los montes para conocer la posición del enemigo. 


Loreta Sánchez de Peón


Loreta fue una valiente bombera. No, no apagaba incendios. Bombero era el nombre con el que se conocía a los espías para la causa independentista. 
Loreta fue una ingeniosa espía. Nada le habría envidiado a Mata Hari de haber vivido la misma época. Una de sus formas de espionaje consistía en lograr entrar a los cuarteles enemigos con la excusa de vender panes o pastelitos. El verdadero objetivo era conocer la cantidad de soldados enemigos. Para poder hacer eso sin levantar sospecha llevaba una bolsita en la que ponía un grano de maíz por cada soldado que veía.
En algunas oportunidades se disfrazaba de india y se sentaba en los portales de las principales casa de altos mandos simulando vender pastelitos para poder escuchar alguna información. Otras se vestía de gaucho para internarse en el monte en búsqueda de otras espías para pasar datos.
Otra de sus tácticas era la de llevar papeles con mensajes a un tronco de un árbol que se levantaba a orillas del río Arias. Ahí, en un hueco, escondía los papeles que más tarde retiraba el encargado de buscarlos, el Coronel Luis Burela.
Se dice que en en 1817 el General De La Serna planeaba una invasión entrando por los Valles Calchaquíes y como distracción invitó a un baile a la población. Loreta aprovechó ese baile y el contraste entre su pelo castaño y sus ojos azules para acercarse a un oficial que, embelesado con ella, le contó los planes. La valiente bombera esta vez si controló un incendio porque montó su caballo y advirtió a los patriotas que pudieron armar la defensa y derrotar a De la Serna.



 Gertrudis Medeiros


        Gertrudis Medeiros fue otro gran ejemplo de patriota y también de la crueldad de los realistas. Era viuda del coronel Juan José Fernández Cornejo. En un comienzo ayudaba a la causa aportando ganado, caballos y víveres. Acusada de prestar estos servicios fue tomada prisionera y  destrozada su propiedad: saquearon la hacienda, talaron sus campos e incendiaron su huerta. Su casa de la ciudad de Salta frente a la Plaza Mayor se convirtió en cuartel español.
       Logró la libertad tras la victoria de la Batalla de Salta pero no duró mucho. Luego de la Segunda Invasión Realista resistió, arma en mano, en lo que quedaba de su hacienda pero fue apresada. Permaneció atada a un algarrobo hasta que fue obligada a caminar hasta Jujuy junto a sus tres hijas.
La Medeiros le demostró a los españoles que las mujeres de estas tierras no eran fáciles de vencer y desde Jujuy siguió pasando información. Fue condenada a morir en el Socavón de Potosí “de donde nadie salía vivo”. Excepto ella, claro. Logró escapar y volvió a Salta caminando. Nunca claudicó. Murió pobre y sin ser reconocida aún cuando el propio general Belgrano intercedió ante las autoridades de Buenos Aires para que se le otorgara una pensión por los servicios a la Patria.
Ahora pueden ver porqué la guerra de independencia en nuestro territorio, contradiciendo el famoso libro de la Premio Nobel de Literatura Svetlana Aléksievich, si tuvo rostro de mujer.


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